El silencio que envolvía la habitación principal era un velo engañoso, una quietud artificial que enmascaraba la profanación.
La neblina negra no tenía forma definida, ni rostro, ni sonido. Era una exhalación oscura de la magia más pútrida de los aquelarres negros, un eco diseñado para deslizarse por las grietas de la realidad.
Reptó por la gruesa alfombra con una elegancia macabra, evadiendo el sillón donde los líderes de la manada descansaban. La oscuridad ignoró la luz dorada que aún palpit