El cielo de Buenos Aires amaneció limpio, como si la tormenta de la noche anterior nunca hubiera existido, pero en la vida de Sofía Torres, la calma nunca era más que un preludio.
Cuando llegó a la torre principal del conglomerado, los empleados ya se movían con la precisión de un reloj suizo. La presencia de Sofía era suficiente para marcar el ritmo. Adrián la seguía unos pasos detrás, impecable, observando cada detalle con ese instinto que lo hacía peligroso y leal a partes iguales.
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