Martina siempre había sido meticulosa. Observadora. Silenciosa y, sobre todo, paciente.
Durante meses se había mantenido al margen, dejando que las consecuencias del caos se extendieran solas: el divorcio de Nicolás, la caída pública, la presión de los inversores, la nueva unión entre Sofía y Adrián. Ella no movió un dedo durante todo ese tiempo.
Porque una buena venganza, una de verdad, no se improvisa.
Se cocina lenta.
Esa noche, sin embargo, finalmente decidió que el silencio terminaba.
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