17. Infortunios II
Llegamos a casa con un nudo en la garganta que no me dejaba respirar. Rogaba por no cruzarme a mi maldito hermano en el vestíbulo: traidor, miserable, la vergüenza de la sangre que compartíamos. Ya no podía vivir bajo el mismo techo que él; uno de los dos tendría que irse de la casa y de la empresa, y no pensaba ser yo quien se marchara.
Al entrar pedí a la nana que subiera a Lisa y la acostara en su cuarto; necesitaba que mi hija estuviera lejos de todo aquello. Tenía que hablar con mi padre a