5. Rencores
Ana Paula LagoA mi espalda escuché unas voces graves que retumbaban en el amplio vestíbulo. Giré lentamente, y ahí estaba él. El mismo hombre al que había visto en televisión apenas unas horas antes: Arturo Abad Rocamonte. Se erguía con una autoridad natural, alto, impecable, dando órdenes secas al vigilante de la entrada. Su semblante irradiaba enojo, y aun así, imponía respeto.Respiré hondo, reuniendo valor, y avancé hacia él con paso firme, aunque mis piernas temblaban.—Señor Arturo Abad —pronuncié, con la voz quebrada por el llanto contenido, intentando sonar clara sin conseguirlo del todo.Él giró despacio la cabeza. Sus cejas se arquearon, y sus ojos oscuros, profundos como un abismo, se clavaron en los míos. Sentí cómo un escalofrío me recorría la piel.—¿Quién es usted? —preguntó con frialdad, con un tono seco que me desgarró por dentro.Tragué saliva, obligándome a sostenerle la mirada.—Ana Lago… la prometida del arquitecto Carlos Alcázar.La forma en que apreté esas pala
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