109. Atrapados
Ana Paula Lago
El leve quejido de Arturo me atravesó como una punzada. Hasta ese instante, no sabía si volvería a escucharlo. Sus respiraciones eran cortas e irregulares, y podía sentir cómo todo su cuerpo intentaba reaccionar a la oscuridad que nos envolvía.
—Ana… —murmuró con voz ronca, desorientado. Se esforzó por moverse, pero el espacio era tan angosto que apenas pudo girar un poco el rostro hacia mí—. Ana…
El sonido de mi nombre en sus labios me quebró. Extendí mi mano entre la oscuridad