David Sandoval no parpadeó. Sus dedos largos y pálidos se aferraron al borde de la mesa, presionando con fuerza mientras el reloj de pared marcaba cada segundo con un tic-tac que amplificaba el silencio. Los ejecutivos que estaban presentes intercambiaron miradas incómodas, algunos ajustando sus corbatas o bebiendo sorbos de agua que no necesitaban. Finalmente, David esbozó una sonrisa forzada, demasiado rigida para el gusto de cualquiera, era más una contracción de músculos que un gesto genuin