El reloj de pared marcaba pasadas las seis de la tarde cuando Erick finalmente abrió la puerta de su departamento. El sol agonizante teñía las paredes de un naranja opaco y el silencio del interior le resultaba opresivo. Respiró hondo, preparándose para lo que vendría. Pero seguiría el consejo de Antonio, no perdería a Catalina y haría todo lo que esté a su alcance para hacerla feliz.
Catalina estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y los dedos tamborileando contra el brazo del mueb