El aire en el despacho del gimnasio olía a madera pulida y café fresco. Antonio, liberado horas antes gracias a los contactos de los Montenegro, se reclinó en el sillón de cuero mientras frotaba sus muñecas adoloridas, aún marcadas por las esposas. Catalina no podía dejar de mirar esas líneas rojas, recordatorio tangible de la injusticia.
—No fue fácil —admitió Erick, desabrochándose el saco para sentarse frente a ellos—. Tuve que llamar a tres jueces, pero al final cedieron.
Catalina colocó s