Sesenta y dos años después
La mansión Blackwood estaba en silencio absoluto.
Solo se escuchaba el suave crepitar de la chimenea y la respiración lenta y entrecortada de Isabella.
Ella tenía ciento nueve años. Su cuerpo era frágil, su cabello blanco como la nieve y su piel tan fina que parecía casi transparente, pero sus ojos verdes seguían conservando un último destello de la mujer fuerte y valiente que había sido.
Ethan, de ciento once años, estaba sentado a su lado en la misma cama que habían compartido durante más de seis décadas. Sus manos seguían entrelazadas. Sus dedos temblaban, pero no la soltaba.
Isabella lo miró y sonrió con una serenidad profunda.
—Todavía estás aquí —susurró con voz muy débil.
—Siempre estaré aquí —respondió Ethan, con la voz ronca y quebrada por la edad—. Aunque ya no pueda levantarme tan rápido como antes.
Se quedaron en silencio unos segundos. La habitación estaba llena de recuerdos: fotos de sus seis hijos, de sus veintitrés nietos, de sus doce bisnietos y de sus tres tataranietos. Toda una vida que había nacido del odio más profundo y había terminado en el amor más verdadero.
Isabella respiró con dificultad.
—Recuerdo la noche en que te vi por primera vez —dijo en voz baja—. Llevaba un vestido negro y veneno en el bolso. Quería matarte. Quería que pagaras por lo que le hiciste a mi padre.
Ethan sonrió con nostalgia.
—Y yo quería romperte. Convertirte en mi prisionera. Hacerte sufrir por lo que tu padre le hizo a mi hermano. Te vi y supe que serías mi perdición… y mi salvación.
Isabella cerró los ojos un momento.
—Pagamos un precio muy alto, Ethan. Sangre, odio, venganza, noches en las que creí que te mataría… noches en las que te odié mientras te amaba. Noches en las que lloré porque no entendía cómo podía desear al hombre que destruyó mi mundo.
Ethan se inclinó hacia ella y besó su frente con labios temblorosos.
—Y yo pagué con miedo —respondió con voz rota—. Miedo a perderte. Miedo a que un día te fueras. Miedo a que el odio ganara. Pero tú te quedaste. Elegiste quedarte. Y me enseñaste que incluso un monstruo como yo podía ser amado.
Isabella abrió los ojos y lo miró con una sonrisa serena.
—Te perdono —dijo claramente, aunque su voz era apenas un susurro—. Te perdono por haberme secuestrado. Por haberme obligado a casarme contigo. Por haberme usado como arma contra mi padre. Por todas las noches en las que me trataste como un objeto. Te perdono, Ethan Blackwood.
Ethan sintió que las lágrimas rodaban por sus mejillas arrugadas.
—Y yo te pido perdón —respondió con voz quebrada—. Por todo el dolor que te causé. Por haberte tratado como un trofeo. Por haberte roto… y por haber tardado tanto en darme cuenta de que te amaba.
Isabella sonrió y apretó su mano con la poca fuerza que le quedaba.
—Ya te perdoné hace mucho tiempo. El día que arrojé aquellos documentos al fuego. El día que elegí quedarme.
Se quedaron en silencio otra vez. Solo se escuchaba su respiración lenta y entrecortada.
—Para siempre —susurró Ethan, acercando su rostro al de ella.
—Para siempre —respondió Isabella.
Sus manos seguían entrelazadas.
Fuera, el viento movía suavemente las hojas de los árboles.
Dentro, el hombre que una vez fue su peor enemigo y la mujer que juró destruirlo se quedaron abrazados, respirando juntos por última vez.
El precio de amar al enemigo había sido altísimo.
Pero el amor… había valido cada centavo.