Sesenta y dos años después
La mansión Blackwood estaba en silencio absoluto.
Solo se escuchaba el suave crepitar de la chimenea y la respiración lenta y entrecortada de Isabella.
Ella tenía ciento nueve años. Su cuerpo era frágil, su cabello blanco como la nieve y su piel tan fina que parecía casi transparente, pero sus ojos verdes seguían conservando un último destello de la mujer fuerte y valiente que había sido.
Ethan, de ciento once años, estaba sentado a su lado en la misma cama que habían