Veinte años después de aquella medianoche en el salón, la mansión Blackwood seguía en pie, más imponente que nunca, pero con un alma diferente. Los jardines habían crecido salvajes en algunas partes, como si la naturaleza misma hubiera decidido honrar el fuego que una vez ardió entre sus antiguos dueños. El invernadero, sin embargo, permanecía impecable. Las rosas blancas florecían todo el año, contra toda lógica botánica, y nadie se atrevía a podarlas más de lo necesario.
Elena Blackwood, ahor