Isabella Blackwood despertó antes del amanecer, como ya era costumbre. A sus veintidós años, llevaba solo cuatro meses como guardiana oficial, pero sentía el peso de la mansión sobre sus hombros como si fueran décadas.
Se puso una bata ligera y bajó descalza al invernadero. Las luces se encendieron suavemente en cuanto cruzó el umbral, reconociéndola. Ya no era la joven curiosa que observaba desde lejos. Ahora era ella quien cargaba la llama.
Se detuvo frente al rosal antiguo y habló con voz ba