Victoria y Marcus se encerraron en la antigua suite de invitados del segundo piso durante tres días enteros. No salían más que para comer algo rápido y volver. La puerta permanecía cerrada con llave. Dentro, solo se escuchaba la voz de Victoria leyendo en voz alta, a veces suave, a veces temblorosa, a veces interrumpida por el llanto o por la voz grave de Marcus haciendo preguntas.
El manuscrito “Cien años de fuego” tenía más de ochocientas páginas escritas a mano. Cada palabra pesaba.
Al terce