Veinte años después de la boda en el jardín, la mansión Blackwood había vuelto a llenarse de vida ruidosa y caótica. Cuatro niños corrían por los pasillos: dos varones y dos niñas, todos con la misma mezcla peligrosa de ojos verdes y miradas grises que recordaba a sus bisabuelos. La mayor, de diecinueve años, se llamaba Victoria. La menor, de apenas ocho, llevaba el nombre de Sophia en honor a quien ya no estaba.
Isabella, ahora con cuarenta y dos años, se había convertido en una mujer fuerte,