Los siguientes días fueron un equilibrio peligroso entre la pasión y la realidad.
Isabella y Ethan caían cada noche en la misma cama, pero ahora sus encuentros eran diferentes. Ya no había solo dominio y odio. Había besos lentos, caricias que duraban horas y conversaciones susurradas en la oscuridad. Ethan le contaba fragmentos de su pasado: la muerte de su hermano, la traición de su propio padre años atrás, cómo había construido su imperio desde las cenizas. Isabella, a su vez, le hablaba de su infancia, de cómo admiraba a su padre antes de descubrir la verdad.
Pero la calma era frágil.
Esa mañana, mientras desayunaban en el comedor, el teléfono de Ethan sonó. Contestó con el ceño fruncido. Isabella vio cómo su expresión cambiaba de relajada a mortalmente seria en cuestión de segundos.
—¿Cuándo? —preguntó con voz fría—. ¿Cuántos hombres?
…
—Refuercen la seguridad de la mansión. Nadie entra ni sale sin mi autorización. Y tráiganme a Marcus. Vivo.
Colgó y miró a Isabella. Sus ojos grises estaban llenos de tormenta.
—Los Rossi han vuelto —dijo sin rodeos—. Saben que tienes información sobre tu padre. Alguien filtró que te reuniste con tu hermana. Ahora quieren los documentos… y te quieren a ti como garantía.
Isabella sintió que la sangre se le helaba.
—¿Cómo lo saben?
—Alguien dentro de mi organización está hablando —respondió Ethan, apretando la mandíbula—. O tu hermana no fue tan cuidadosa como creía.
Se levantó y rodeó la mesa. Se arrodilló frente a ella y tomó sus manos.
—No dejaré que te toquen. Pero necesito que me prometas algo: no vuelvas a salir sola. Ni siquiera para ver a Camila. Si necesitas hablar con ella, la traemos aquí bajo mi supervisión.
Isabella asintió, aunque por dentro sentía un nudo en el estómago. La realidad de su nueva vida la golpeaba de lleno: ya no era solo una prisionera del hombre que amaba-odiaba. Ahora también era un objetivo para sus enemigos.
Esa misma tarde, la mansión se convirtió en una fortaleza. Más guardias, cámaras adicionales y un equipo de seguridad que patrullaba los jardines constantemente.
Ethan pasó la mayor parte del día en su oficina, coordinando respuestas. Isabella se quedó en la biblioteca, intentando leer, pero su mente no dejaba de dar vueltas.
Al caer la noche, Ethan regresó a la habitación con expresión agotada. Se quitó la chaqueta y la corbata y se acercó a ella, que estaba sentada en el borde de la cama.
—Ven aquí —dijo suavemente, extendiendo la mano.
Isabella se levantó y se acercó. Ethan la abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su cabello.
—Odio esto —murmuró—. Odio que mi mundo te ponga en peligro. Si pudiera borrar todo lo que tu padre hizo, lo haría. Pero no puedo. Solo puedo protegerte ahora.
Isabella levantó la mirada hacia él.
—Entonces protégeme… pero no me enjaules otra vez.
Ethan la miró con intensidad.
—No lo haré. Pero necesito que confíes en mí.
La besó con urgencia. Esta vez no fue lento ni tierno. Fue desesperado, como si temiera perderla en cualquier momento. Sus manos bajaron por su cuerpo, quitándole el vestido con movimientos rápidos. Isabella respondió con la misma hambre, desabrochándole la camisa y bajándole los pantalones.
Cayeron sobre la cama enredados. Ethan la besó por todo el cuerpo, mordiendo y succionando su piel como si quisiera marcarla para siempre. Cuando llegó entre sus piernas, la devoró con intensidad, haciendo que Isabella arqueara la espalda y gritara su nombre.
—Ethan… por favor…
Él subió por su cuerpo y la penetró de un solo movimiento profundo. Sus embestidas fueron duras, posesivas, casi desesperadas. Isabella clavaba las uñas en su espalda, respondiendo con la misma fuerza.
—Eres mía —gruñó él contra su cuello—. No de los Rossi. No del pasado. Mía.
—Soy tuya —gimió ella, sintiendo cómo el placer la consumía—. Pero tú también eres mío, Ethan. Aunque todavía te odie un poco.
El orgasmo los golpeó casi al mismo tiempo. Isabella gritó, su cuerpo convulsionando alrededor de él. Ethan se derramó dentro de ella con un gruñido ronco, abrazándola como si fuera lo único que le quedaba en el mundo.
Se quedaron unidos, respirando agitados. Ethan no se apartó. Se quedó dentro de ella, acariciando su cabello.
—Quiero que seas feliz aquí —susurró—. Quiero darte todo lo que tu padre te quitó. Pero necesito que me dejes protegerte.
Isabella besó su pecho.
—Lo intentaré.
Pero en el fondo sabía que la amenaza de los Rossi no desaparecería fácilmente.
Dos días después, la calma se rompió.
Ethan estaba en una reunión fuera de la mansión cuando sonó la alarma. Isabella estaba en la biblioteca cuando escuchó disparos lejanos y gritos.
Uno de los guardias entró corriendo.
—¡Señora Blackwood! ¡Tenemos intrusos! ¡Los Rossi enviaron un equipo! ¡Venga conmigo, hay que llevarla al búnker!
Isabella corrió detrás del guardia por los pasillos. El corazón le latía en la garganta. Escuchaba más disparos, voces gritando órdenes.
De pronto, el guardia cayó al suelo con un disparo en la pierna. Isabella se giró aterrorizada.
Un hombre alto, con cicatrices en la cara y una pistola en la mano, la apuntaba.
—Isabella Morgan —dijo con una sonrisa cruel—. O debería decir Blackwood. Los Rossi te envían saludos. Ven con nosotros y nadie más saldrá herido.
Isabella retrocedió, pero chocó contra una pared.
En ese momento, Ethan apareció al final del pasillo como un demonio salido del infierno. Su traje estaba manchado de sangre (no suya) y llevaba una pistola en cada mano.
—Suéltala —gruñó con una voz que helaba la sangre.
El hombre de los Rossi sonrió.
—Blackwood. Qué gusto verte. Solo queremos a la chica y los documentos. Dánoslos y nos iremos en paz.
Ethan disparó sin dudar. La bala impactó en el hombro del hombre, que cayó gritando. Otros dos hombres de los Rossi aparecieron, pero Ethan los neutralizó con una precisión letal.
Corrió hacia Isabella y la tomó en brazos, revisándola desesperadamente.
—¿Estás herida? Dime que no te tocaron.
—Estoy bien —respondió ella, temblando—. Ethan… tenían órdenes de llevarme.
Ethan la abrazó con fuerza, besando su frente.
—Nunca dejaré que te lleven. Nunca.
La llevó al búnker subterráneo de la mansión. Era una habitación blindada con todo lo necesario para sobrevivir semanas. La sentó en el sofá y se arrodilló frente a ella.
—Esto es mi mundo, Isabella —dijo con voz grave—. Violencia. Traición. Muerte. Te lo advertí desde el principio. Si te quedas conmigo, esto puede volver a pasar.
Isabella tomó su rostro entre sus manos. Sus ojos verdes brillaban con determinación.
—Entonces enséñame a sobrevivir en tu mundo. Porque ya no quiero huir de ti… quiero estar a tu lado.
Ethan la miró con una mezcla de sorpresa, alivio y algo mucho más profundo.
La besó con fiereza, como si sellara un pacto.
—Te enseñaré —prometió contra sus labios—. Pero primero… voy a destruir a los Rossi por atreverse a mirarte.
Fuera del búnker, los disparos continuaban.
Dentro, Isabella se aferraba al hombre que una vez fue su peor enemigo.
Y por primera vez, sintió que no estaba eligiendo entre el odio y el amor.
Estaba eligiendo sobrevivir… juntos.