El último precio

La mansión Blackwood dormía bajo un cielo estrellado.

Isabella estaba sola en el balcón de la habitación principal, envuelta en una bata de seda negra. El aire de la noche era fresco y traía el aroma de las flores del jardín. En sus manos sostenía una copa de vino que apenas había tocado.

Detrás de ella, la puerta se abrió suavemente. Ethan salió, descalzo y sin camisa, solo con pantalones oscuros. Se acercó en silencio y se detuvo a su lado, apoyando las manos en la barandilla.

Ninguno de los dos habló durante un largo rato.

Finalmente, Isabella rompió el silencio.

—Hoy cumplimos once años desde aquella noche en la fiesta —dijo en voz baja—. Once años desde que decidí matarte… y terminé amándote.

Ethan giró la cabeza para mirarla. Sus ojos grises reflejaban las estrellas.

—Once años desde que te convertí en mi prisionera… y terminé siendo yo el prisionero.

Isabella dejó la copa sobre la barandilla y se volvió hacia él.

—He estado pensando mucho estos días —continuó—. En todo lo que perdimos. En todo lo que ganamos. En el precio que pagamos.

Ethan esperó, paciente.

Ella tomó una de sus manos y la colocó sobre su corazón.

—Todavía hay días en los que me despierto y recuerdo a mi padre. Días en los que siento culpa por estar aquí, feliz, contigo. Días en los que te miro y una parte de mí sigue odiándote por lo que hiciste.

Ethan asintió lentamente, sin interrumpirla.

—Pero luego te veo con nuestros hijos —siguió Isabella, con la voz temblando ligeramente—. Te veo jugando con ellos, protegiéndolos, enseñándoles a ser fuertes pero buenos. Te veo mirándome como si yo fuera lo único que importa en tu mundo… y ese odio se hace más pequeño. Cada día más pequeño.

Ethan dio un paso más y la atrajo contra su pecho. Isabella se dejó abrazar, apoyando la mejilla sobre su corazón.

—Te perdono —susurró ella—. No porque lo olvides todo. No porque borre el pasado. Te perdono porque elijo amarte más de lo que te odié.

Ethan cerró los ojos con fuerza y la abrazó más fuerte.

—Gracias —murmuró con voz ronca—. Gracias por quedarte. Gracias por darme una familia. Gracias por enseñarme que incluso un monstruo como yo podía ser amado.

Se separaron lo suficiente para mirarse a los ojos.

Isabella sonrió con suavidad.

—Esta noche no quiero odio. Ni recuerdos. Ni contratos. Solo quiero que me hagas el amor como si fuera la primera vez… y como si fuera la última.

Ethan la miró con esa intensidad que nunca había perdido.

—Como tú quieras, mi esposa.

La levantó en brazos y la llevó adentro. La depositó sobre la cama con cuidado y le quitó la bata lentamente, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Sus labios recorrieron su cuello, sus pechos, su vientre, sus muslos.

Cuando entró en ella, lo hizo con una lentitud profunda y reverente. Sus movimientos fueron intensos pero llenos de amor. Isabella se aferró a sus hombros, gimiendo su nombre mientras sus cuerpos se movían juntos en un ritmo que ya conocían de memoria.

—Te amo —jadeó ella cuando el placer crecía.

—Te amo —gruñó Ethan contra su boca—. Para siempre.

El orgasmo los unió en un clímax largo y poderoso. Isabella gritó su nombre, su cuerpo temblando alrededor de él. Ethan se derramó dentro de ella con un gemido ronco, abrazándola como si nunca quisiera soltarla.

Se quedaron entrelazados, respirando agitados, besándose suavemente.

Ethan acarició su cabello y susurró contra su sien:

—Este es el verdadero precio que pagamos… y el único que nunca lamentaré.

Isabella sonrió, con los ojos cerrados y el corazón lleno.

—Para siempre —dijo.

—Para siempre —respondió él.

Fuera, las estrellas seguían brillando.

Dentro, el hombre que una vez fue su enemigo y la mujer que juró destruirlo habían encontrado por fin su paz.

El precio de amar al enemigo había sido altísimo.

Pero el amor… había valido cada centavo.

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