El cruce de la frontera no trajo un cambio en la fisonomía del paisaje, pero sí en la naturaleza del aire. Al adentrarnos en el Yukón, la carretera nacional se estiró en una recta infinita que parecía cortar el bosque de abetos en dos mitades perfectas y simétricas. La cellisca que había castigado la cabina durante la madrugada se transformó en una resolana pálida, una claridad de invierno tardío que no calentaba el cristal pero que desnudaba los detalles del interior: el desgaste del escay en