El vestíbulo de la terminal de Whitehorse olía a gasóleo quemado, a suelo de linóleo fregado con lejía barata y al café recalentado que goteaba en una jarra de cristal detrás del mostrador de billetes. Era un espacio angosto, de paredes pintadas de un verde institucional que se descascarillaba cerca de los radiadores de hierro fundido. Los radiadores roncaban y golpeaban con un ritmo desigual, un latido mecánico e imperfecto que recordaba que el mundo exterior seguía funcionando a base de vapor