El aire del amanecer en la frontera no tenía color; era una claridad gris, espesa por el aguanieve, que reducía las montañas del norte a una línea borrosa de granito y nieve sucia. En el aparcamiento de Mile 65, el camión de madera de Pete soltó un primer ronquido de aire comprimido, un suspiro metálico que sacudió la chapa de la cabina antes de que el bloque del motor de doce cilindros se estabilizara en un traqueteo sordo e industrial. El colector había perdido la estática. La física ordinari