La pendiente se suavizó a medida que el granito negro de la garganta cedía su lugar a la maleza baja del valle. La niebla, que en las alturas nos había servido de mortaja y escudo, empezó a deshilacharse en jirones grises que el viento del sur empujaba contra las copas de los pinos. El aire aquí abajo ya no sabía a ozono ni a pólvora; sabía a tierra húmeda, a resina de abeto y a esa quietud pesada que precede al deshielo.
Julian abría la marcha, pero su paso ya no tenía la cadencia mecánica del