La onda expansiva de mi energía había dejado un rastro de cristales de hielo esmeralda sobre la cubierta, pero el precio fue el equilibrio del barco. Con las bombas de achique desactivadas por el pulso, el gigante de acero comenzó a inclinarse hacia estribor.
—¡Zola, el mapa! —gritó Marcus, señalando hacia una lancha motora que se alejaba a toda velocidad entre la bruma del puerto.
En la popa de la lancha, Alberto Rossi se sujetaba el rostro ensangrentado con una mano mientras con la otra alzab