El interior del pesquero, bautizado como El Kyma, olía a sal, sangre de pescado y algo mucho más peligroso: pólvora. Lucía fue envuelta en mantas por un hombre de barba espesa y manos callosas, pero sus ojos no tenían la calidez de un salvador. Eran los ojos de un cazador que finalmente había atrapado la presa más valiosa de la temporada.
—Bebed esto —dijo una mujer de cabello corto y cenizo, ofreciéndonos una taza de metal con un líquido fuerte—. Estamos lejos de Civitavecchia, pero el mar tie