El sonido de los tres golpes en la puerta de la cabaña quedó suspendido en el aire, vibrando como una campana fúnebre. Nadie respiraba. Marcus, a pesar de su herida, había logrado empuñar su arma, apuntando hacia la madera envejecida que era lo único que nos separaba del abismo blanco del exterior. Paolo se posicionó al lado de Lucía, quien se cubría los oídos como si quisiera bloquear un grito que solo ella escuchaba.
Pasaron diez segundos. Veinte. El viento aulló de nuevo, sacudiendo la estru