El impacto del extintor contra la consola central de Lorenzo fue seguido por un crujido eléctrico que me recorrió los brazos como una descarga de voltios. Chispas de un azul violáceo saltaron desde los circuitos, y en cuestión de segundos, el olor a ozono fue reemplazado por el humo negro y espeso del plástico quemado. Las pantallas que mostraban mi vida—mis secretos, mi dolor, la imagen de un Marcus inmóvil—empezaron a parpadear y a morir una por una, como ojos que se cierran definitivamente.