El aire en la biblioteca se volvió denso, casi sólido. La falsa Isabella no se movía como una mujer de la alta sociedad; se movía como un espectro entrenado para matar. El brillo de la lámpara de escritorio se reflejaba en el cañón de su silenciador, una pupila negra que nos observaba sin parpadear.
—Marcus, muévete —susurré, pero él no se inmutó. Su cuerpo era una pared de músculo y determinación frente a mí.
—No eres una Rossi —dijo Marcus, su voz era un gruñido bajo, animal—. He dormido bajo