El aire dentro del helicóptero de rescate era cálido, pero yo no podía dejar de temblar. Marcus me había envuelto en una manta térmica de color plateado, apretándome contra su pecho como si temiera que me evaporara si me soltaba. Su ropa estaba empapada, su cabello goteaba sobre su frente y su respiración era un compás errático contra mi cuello. Estábamos vivos, pero el sabor de la victoria era tan amargo como el agua salada que todavía quemaba mi garganta.
—Estamos aterrizando, señor —la voz d