El cielo sobre el Tirreno era una sábana de carbón desgarrada por relámpagos. Dentro de la cabina del helicóptero, el mundo se había reducido a una cacofonía de alarmas y el olor metálico del miedo. El indicador de combustible seguía su descenso suicida, marcando el ritmo de mi propia cuenta atrás. Detrás de mí, los tres drones de mi padre se movían con una precisión inhumana, sus luces rojas parpadeando como ojos de insectos gigantes sedientos de sangre.
—No voy a morir hoy, papá. No por tu ma