La lluvia en Parma era distinta a la de la costa; era una neblina fina y persistente que se pegaba a los cristales del SUV como un sudario gris. El refugio era una antigua granja de piedra, rodeada de campos de trigo que se mecían como un mar dorado en la penumbra. No había luces, ni señalización, ni vecinos a kilómetros a la redonda. Era el tipo de lugar donde el tiempo parecía haberse detenido, un vacío en el mapa que Marcus utilizaba para desaparecer cuando el mundo de los negocios se volvía