El hangar olía a grasa, metal frío y muerte inminente. Me deslicé desde el conducto de ventilación, cayendo pesadamente sobre el suelo de hormigón. El impacto me recorrió la espalda como una descarga eléctrica, pero no tuve tiempo para el dolor. A escasos metros, el helicóptero de emergencia—un modelo elegante de color negro mate—brillaba bajo las luces halógenas como un depredador durmiente.
—¡Allí está! ¡Deténganla! —el grito de un guardia resonó en la estructura cavernosa.
El eco de las bota