El sonido de la llave girando en la cerradura fue como el disparo de salida para mi ejecución. Me quedé inmóvil, mirando la puerta de madera tallada que ahora me separaba del hombre que, hace apenas unas horas, me juraba amor eterno bajo las estrellas de la Toscana. Marcus me había encerrado. El hombre que prometió protegerme se había convertido, una vez más, en mi carcelero. Pero esta vez no había diamantes ni vestidos de seda para suavizar el golpe; solo había el frío silencio de una traición