El silencio en el despacho de Marcus era más pesado que el mármol de las estatuas que adornaban la villa. La luz roja de la alarma silenciosa bañaba la habitación en un tono carmesí, haciendo que las sombras parecieran manchas de sangre fresca en las paredes. Me quedé allí, inmóvil, con el abrecartas todavía en la mano y el dispositivo de hackeo de Lucía parpadeando en el suelo como el corazón de una bomba que acababa de estallar.
—Dime que no es lo que parece, Zola.
La voz de Marcus vino desde