El descenso hacia el valle no se sintió como una huida, sino como una caída controlada en un vacío blanco. La nieve nos llegaba casi a las rodillas, ocultando las irregularidades de una roca madre que parecía rechazar nuestras pisadas. El viento de la ladera sur golpeaba de costado, un silbido constante que se metía por las costuras del abrigo y entumecía los pocos pensamientos claros que me quedaban.
Marcus abría la marcha. Llevaba a Lucía a horcajadas sobre su espalda, con las piernas de la n