El pasaje hacia la cara sur del glaciar era una garganta estrecha donde el granito y el hielo se comprimían hasta casi rozarnos los hombros. Avanzábamos en fila, una procesión silenciosa que dependía por entero de la escasa luz que Marcus lograba extraer de una pequeña linterna táctica que le quedaba en el chaleco. El resplandor esmeralda de mi palma se había reducido a un vago mapa de venas verdosas bajo la piel, un fantasma térmico que ya no servía para guiar nuestros pasos, sino para recorda