La niebla no descendió sobre la garganta; emergió de ella, un vapor denso y helado que subía desde el lecho del río invisible y borraba las bases de las paredes de granito. En menos de cinco minutos, los pinos de la entrada quedaron reducidos a siluetas espectrales y el mundo se encogió a la distancia de nuestros propios brazos. El silencio que siguió fue absoluto, un vacío acústico donde el crujido de la nieve bajo las botas adquirió una resonancia peligrosa.
Marcus se adelantó un paso, colocá