La noche había caído sobre la mansión López con una calma engañosa.
Desde afuera, todo parecía en orden: las luces suaves encendidas, el jardín silencioso, el murmullo lejano del viento entre los árboles. Pero dentro de aquella habitación, donde Bianca y Luciano yacían acostados, el aire estaba cargado de algo más pesado que el cansancio. Algo que no se decía, pero que ambos sentían.
Bianca estaba de lado, mirando el techo. Luciano, boca arriba, con los brazos tensos sobre la sábana. Ninguno lograba dormir.
Él llevaba varios minutos luchando contra sus propios pensamientos. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen volvía: esa mujer observando a Mateo desde la distancia, la figura detenida junto a la reja del colegio, la certeza helada que se le clavó en el pecho cuando la reconoció.
No podía seguir guardándolo.
—Bianca… —dijo finalmente, rompiendo el silencio.
Ella no se movió, pero su respiración cambió.
—Dime —respondió con suavidad.
Luciano giró el rostro hacia ella. La penumbra le