Luciano no dijo una sola palabra cuando ella terminó de hablar.
No creía en la totalidad de su historia.
Fue porque estaba seguro de que, si abría la boca en ese momento, la furia lo traicionaría.
Gabriela, en cambio, bajó la mirada con precisión quirúrgica. No demasiado rápido. No demasiado lento. Justo lo necesario para parecer frágil, para parecer rota.
—Si no me crees… lo entiendo —murmuró—. Nadie me creería.
Luciano la observó con detenimiento.
Había algo en ella que no cuadraba.
No era su aspecto. El tiempo había pasado, sí, estaba más delgada, más dura, con líneas nuevas en el rostro. Pero eso no era lo que lo inquietaba.
Era su control.
Demasiado control para alguien supuestamente perdida en el mundo.
—Ven —dijo él de pronto—. Quiero ver dónde vives.
Gabriela alzó la mirada, fingiendo sorpresa.
—¿Para qué?
—Porque si todo lo que dices es verdad, no deberías tener nada que ocultar.
Ella dudó. Lo justo. Lo ensayado.
—Está bien.
Subieron al auto.
Durante el trayecto, Gabriela mir