Bianca condujo durante varios minutos sin poner música, sin mirar el teléfono, con las manos firmes sobre el volante y el corazón latiéndole demasiado rápido para una mañana aparentemente normal.
La dirección que Elías le había enviado seguía brillando en la pantalla de su celular, como una advertencia muda. Cada calle que recorría se alejaba más de la ciudad ordenada que ella conocía, de los edificios pulcros, de los barrios que hablaban de estabilidad. El paisaje comenzó a cambiar lentamente: