Bianca condujo durante varios minutos sin poner música, sin mirar el teléfono, con las manos firmes sobre el volante y el corazón latiéndole demasiado rápido para una mañana aparentemente normal.
La dirección que Elías le había enviado seguía brillando en la pantalla de su celular, como una advertencia muda. Cada calle que recorría se alejaba más de la ciudad ordenada que ella conocía, de los edificios pulcros, de los barrios que hablaban de estabilidad. El paisaje comenzó a cambiar lentamente: casas viejas, fachadas descascaradas, rejas oxidadas, ventanas cerradas como si el mundo exterior no fuera bienvenido allí.
Bianca tragó saliva.
No sabía exactamente qué esperaba encontrar, pero aquello… aquello no coincidía con la imagen mental que había construido. Luciano le había dicho que no se acercara, que era mejor mantenerse lejos, y por primera vez desde que tomó la decisión, Bianca sintió un leve temblor de miedo recorrerle la espalda.
Estacionó frente a la casa indicada.
Era pequeña