Luciano pasó la trade caminando de un lado a otro en su oficina.
No logró concentrarse en un solo documento. No respondió correos. No atendió llamadas innecesarias. Su mente estaba atrapada en una sola imagen: el rostro de Gabriela observado a través de la pantalla del celular, ampliado hasta el último detalle.
Viva.
Respirando el mismo aire que su hijo.
El pensamiento le provocaba una mezcla imposible de emociones. Parte de él quería gritarle, exigirle explicaciones, preguntarle cómo había sido capaz de desaparecer así. Otra parte, más fría, más peligrosa, sabía que no podía actuar impulsivamente.
No todavía.
Gabriela no había regresado por casualidad.
Y si estaba observando a Mateo, era porque tenía un objetivo.
Luciano se detuvo frente al ventanal. Abajo, la ciudad seguía su curso normal, indiferente al terremoto que se había desatado dentro de él. Apoyó la frente contra el vidrio frío y cerró los ojos.
¿Cómo atraparte sin ponerlo en riesgo?
Esa era la única pregunta que importaba.