Luciano sintió cómo el aire se le atoraba en el pecho en el mismo instante en que ella giró el rostro.
El mundo se detuvo.
No hubo ruido, no hubo tránsito, no hubo colegio, ni niños, ni tiempo. Solo ella. Solo ese rostro que había aprendido a recordar con dolor, con rabia, con culpa. Ese rostro que había visto miles de veces en sueños y pesadillas. Ese rostro que había llorado en silencio durante años creyendo que jamás volvería a verlo.
Gabriela.
Más delgada. El cabello recogido de forma sencilla. Las facciones más duras, como si la vida le hubiera pasado por encima sin pedir permiso. Ya no estaba la sonrisa suave de antes, ni la mirada luminosa que lo enamoró. Ahora había algo más… algo opaco, contenido, casi defensivo.
Pero era ella.
No había duda.
Gabriela retrocedió un paso en cuanto lo vio aparecer frente a ella. Sus ojos se abrieron con un reflejo de pánico puro, instintivo. Dio media vuelta y comenzó a correr.
—¡Gabriela! —gritó Luciano, sin pensar, con una voz que parecía ven