Luciano no durmió esa noche.
No fue insomnio común, de esos que vienen por cansancio o exceso de pensamientos. Fue una vigilia tensa, alerta, como si su cuerpo se negara a bajar la guardia. Permaneció acostado junto a Bianca, escuchando su respiración tranquila, observando cómo la luz tenue de la luna se colaba por la ventana de la habitación, dibujando sombras que parecían moverse.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen.
El rostro de Gabriela en la fotografía.
Y luego, superpuesto, el relato de Mateo.
Se parece mucho a ella.
Luciano apretó la mandíbula.
Había pasado media vida convenciéndose de que Gabriela estaba muerta. De que aquel accidente había sido el final definitivo de una historia complicada, dolorosa, inconclusa. De que todo lo que quedaba de ella eran recuerdos confusos, culpa y un hijo al que había jurado proteger por encima de todo.
Pero ahora…
Ahora algo se había resquebrajado.
Cuando el amanecer comenzó a insinuarse, Luciano se levantó sin hacer ruido. Se visti