La noche avanzó lentamente sobre la mansión López, como una sábana pesada que lo cubría todo.
Carla cerró las cortinas del salón principal una por una, con movimientos pausados, casi ceremoniosos. Afuera, el jardín parecía tranquilo, demasiado tranquilo. Las luces bajas iluminaban los senderos, las palmeras proyectaban sombras alargadas sobre el césped perfectamente cortado, y la fuente central murmuraba con su sonido constante, como si quisiera convencer a cualquiera de que no había nada fuera de lugar.
Pero Carla no lograba engañarse.
Había algo en el aire.
Mateo estaba sentado en el sofá, con una manta ligera sobre las piernas. Fingía ver televisión, aunque hacía rato no seguía lo que aparecía en la pantalla. Sus ojos se desviaban una y otra vez hacia el ventanal.
—¿Tienes frío? —le preguntó Carla desde la otra punta de la sala.
—No —respondió él—. Solo… no quiero irme a dormir todavía.
Carla asintió.
—Está bien. Podemos quedarnos un rato más aquí.
Ella también prefería no subir aú