Carla no durmió.
No fue una de esas noches en las que el sueño llega y se va en pequeños fragmentos, dejando cansancio. No. Fue una noche de ojos abiertos, de pensamientos que giraban sin control, de un silencio que pesaba más que cualquier ruido.
Mateo dormía a su lado, profundamente. Su respiración era regular, tranquila, como si su cuerpo hubiera decidido rendirse después del susto. Carla, en cambio, permanecía rígida, mirando la oscuridad del cuarto, con el corazón latiendo demasiado fuerte