Carla no durmió.
No fue una de esas noches en las que el sueño llega y se va en pequeños fragmentos, dejando cansancio. No. Fue una noche de ojos abiertos, de pensamientos que giraban sin control, de un silencio que pesaba más que cualquier ruido.
Mateo dormía a su lado, profundamente. Su respiración era regular, tranquila, como si su cuerpo hubiera decidido rendirse después del susto. Carla, en cambio, permanecía rígida, mirando la oscuridad del cuarto, con el corazón latiendo demasiado fuerte para una casa que supuestamente estaba en calma.
Cada crujido la hacía tensarse.
Cada soplo de viento contra la ventana le erizaba la piel.
No dejaba de pensar en las palabras del niño.
—Estaba en la ventana… mirándome.
Carla se giró apenas para observarlo. Mateo dormía abrazado a la manta, con el ceño relajado, como si nada malo pudiera alcanzarlo. Ella estiró la mano y le acomodó un mechón de cabello.
—Tranquilo —susurró, más para ella que para él—. Todo está bien.
Pero no lo sentía así.
Miró