La puerta de la habitación se cerró con suavidad, como si la mansión misma entendiera que ese momento debía protegerse del ruido del mundo. Bianca avanzó despacio, dejando que sus dedos rozaran la madera del tocador, el respaldo de la silla, los recuerdos que aún flotaban en el aire. Todo seguía oliendo a hogar… a ellos.
Luciano permanecía cerca de la puerta, observándola sin prisa, como si temiera que si se movía demasiado rápido aquel instante pudiera romperse. La luz tenue de la lámpara dibujaba sombras suaves sobre el rostro de Bianca, resaltando la serenidad y la vulnerabilidad que convivían en su expresión.
Ella se giró.
Sus miradas se encontraron.
No hubo palabras.
Luciano dio el primer paso, lento, cuidadoso. Se detuvo frente a ella, levantó la mano como si pidiera permiso sin decirlo. Bianca no respondió con palabras; simplemente apoyó su palma sobre la de él. Ese gesto fue suficiente.
El contacto fue tibio, eléctrico.
Luciano deslizó sus dedos por la muñeca de Bianca, subien