La mansión López resplandecía entre las luces cálidas del jardín, como si también estuviera esperando ese momento. Era la herencia más valiosa que Bianca tenía de su madre, un hogar que nunca creyó volver a habitar… hasta esa noche.
Luciano estacionó el auto frente al pórtico principal, pero no bajó de inmediato. Su corazón latía tan rápido que podía escucharlo en los oídos. Bianca miraba por la ventana, respirando profundo, intentando calmarse. Volver a esa casa era más que regresar al hogar con un esposo y un hijo: era regresar a una vida que pensó perdida.
Luciano tragó saliva.
—¿Lista? —susurró, aunque él mismo no lo estaba.
Bianca asintió en silencio.
Apenas tocaron el timbre, la puerta se abrió de golpe.
—¡YA ERA HORA! —gritó una vocecita aguda y divertida.
Mateo estaba sentado en la escalera, con los pies colgando, la espalda recta, los brazos cruzados… y una expresión tan seria que parecía un ministro a punto de dar un discurso presidencial.
Pero en cuanto vio que papá sí habí