El aroma del café aún flotaba en la habitación cuando Bianca se acomodó mejor entre las almohadas. Luciano estaba sentado a su lado, apoyado en el cabecero de la cama, observándola como si temiera que, si apartaba la mirada, ella pudiera desvanecerse.
—Podríamos quedarnos así todo el día —dijo él, con una sonrisa tranquila—. Descansemos juntos. No vayamos a trabajar hoy.
Bianca giró el rostro hacia él, encontrándose con esa expresión que tanto conocía: mezcla de amor, alivio y un miedo silencioso a perderla otra vez.
—Me encantaría —respondió con honestidad—, pero no puedo, Luciano.
Él frunció levemente el ceño.
—La empresa puede esperar un día.
Bianca negó despacio.
—No ahora —dijo con firmeza suave—. Justo ahora que todo se está empezando a acomodar, que los proyectos avanzan, que la junta vuelve a confiar… no puedo descuidar eso. Tampoco quiero hacerlo.
Luciano suspiró, pero asintió.
—Eso es lo que más admiro de ti —dijo—. Incluso cuando decides volver, no dejas de ser tú.
Ella son