El aroma del café aún flotaba en la habitación cuando Bianca se acomodó mejor entre las almohadas. Luciano estaba sentado a su lado, apoyado en el cabecero de la cama, observándola como si temiera que, si apartaba la mirada, ella pudiera desvanecerse.
—Podríamos quedarnos así todo el día —dijo él, con una sonrisa tranquila—. Descansemos juntos. No vayamos a trabajar hoy.
Bianca giró el rostro hacia él, encontrándose con esa expresión que tanto conocía: mezcla de amor, alivio y un miedo silencio