La luz del atardecer había cedido paso a la penumbra azulada del crepúsculo cuando el teléfono de Bianca, colocado en modo silencioso sobre su escritorio, comenzó a vibrar con la insistencia de una abeja enfurecida. La pantalla iluminó su rostro cansado: era Camila, su asistente de confianza.
Un mal presentimiento, agudo y frío, le recorrió la columna vertebral. Camila no llamaba a estas horas sin una razón de peso.
—Dime, Camila —contestó, intentando que su voz no delatara la tensión que súbit