El amanecer del sábado en la mansión López trajo consigo una luz limpia y fría que prometía un día despejado. La tensión de la víspera, aliviada por la tregua cinematográfica, aún flotaba en el aire, pero era una tensión diferente, más esperanzada, como la cuerda de un arco después de lanzar la flecha.
En el desayuno, la escena era casi normal. Mateo, con su uniforme escolar impecable, devoraba sus tostadas. Bianca revisaba su agenda en el teléfono, subrayando mentalmente los puntos clave de la