La tarde avanzaba despacio en la mansión, envuelta en ese silencio tibio que solo aparece cuando la casa empieza a recuperar la calma después de días difíciles. El aroma de la canela aún flotaba en el aire, mezclándose con el del chocolate derretido y la mantequilla caliente.
Gabriela acomodaba los utensilios con movimientos tranquilos, demasiado tranquilos quizá, como si cada gesto estuviera calculado. Por dentro, su mente iba a toda velocidad. Por fuera, era la imagen perfecta de serenidad.
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