La mesa estaba servida.
Los panes de canela rellenos de chocolate ocupaban el centro, aún tibios, desprendiendo ese aroma dulce que se había impregnado en toda la casa. Bianca observó la escena con atención contenida: la luz cálida del comedor, Mateo sentado entre ella y Luciano, y Gabriela al frente, con una postura serena, casi frágil, como si todavía necesitara cuidado.
—¿Puedo probar ya? —preguntó Mateo, impaciente, con los ojitos brillándole.
—Claro, campeón —respondió Luciano—. Tú fuiste