Bianca llegó a la empresa con el paso firme, aunque por dentro sentía el cansancio acumulado de demasiadas batallas abiertas al mismo tiempo. La maternidad, la enfermedad de Mateo, Gabriela rondando como una sombra venenosa y ahora, nuevamente, la empresa reclamando toda su atención.
Apenas cruzó la puerta principal del edificio López, supo que ese día no sería uno más.
No era intuición femenina ni paranoia. Era experiencia.
Subió directo a su oficina sin detenerse a conversar con nadie. Saludó con una leve inclinación de cabeza, sin sonreír, sin fingir normalidad. No estaba para eso.
En cuanto cerró la puerta tras de sí, dejó el bolso sobre el escritorio y respiró hondo.
—Vamos —murmuró—. Muéstrenme todo.
No pasaron ni cinco minutos cuando tocaron suavemente.
—Adelante.
Laura entró con una tablet en una mano y una carpeta gruesa en la otra. Su expresión era seria, concentrada, profesional. Bianca confiaba en ella como en muy pocas personas dentro de la empresa.
—Buenos días, Bianca —